[..]Alicia no recordaba lo que era ser feliz. Sabía que en algún momento de su vida llegó a serlo, cuando era pequeña e inocente, carecía de problemas y todo era sencillo y sin grandes complicaciones, quizás, pero ya no, no desde que alcanzaba su memoria, no sabía lo que era eso que llaman felicidad.
Sonreía, si, de vez en cuando reía y bromeaba, pero nunca llegó a notar sonrisa, risa o alegría real alguna en su corazón.
La gente la veía sonreír y “contenta” y no paraban a fijarse en esa sonrisa dibujada alrededor de sus labios, cerrados, a modo de mascara. No, la gente se conformaba y punto, quizás no querían saberlo, no querían ir más allá de la apariencia, o peor, -y esta idea aterraba realmente a Alicia- a esas personas a las que ella quería y consideraba amigos no les importaba ni lo más mínimo su verdadero estado anímico.
Cada vez que pensaba en esa idea, y daba vueltas en su cabeza una y otra vez al mismo tema, notaba como la duda se apoderaba de ella, sentía como cada pelo de su cuerpo se erizaba y cómo los escalofríos exploraban hasta el último rincón de su ser. Entonces se daba cuenta que realmente estaba sola, rodeada de gente por todas partes, pero sola.
Comenzó a pensar y pensar, y a desarrollar la idea de que verdaderamente todos estamos solos en los momentos críticos y en los grandes pasos de nuestras vidas; tengamos amigos o no, o personas que nos quieran o nos desprecien, en esos momentos trascendentales e importantes, en los grandes conflictos o lecciones por aprender de la vida, sólo tú puedes solventarlos, sólo lograrás avanzar por ti mismo, nadie puede ayudarte, sólo tú… y tu soledad. […]
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